MINISTERIO DE TRABAJO, EMPLEO Y PREVISIÓN SOCIAL


  

Hace 36 años, el Ejército enviado por García Meza acribilló a mineros del distrito Caracoles

Unidad de Comunicación
 
El 17 de julio de 1980, en el distrito minero de Caracoles se acató la huelga general indefinida lanzada por el Consejo Nacional de la Democracia (Conalde) en contra del golpe de Estado perpetrado por el ex general Luis García Meza. 17 días después, el 4 de agosto, el Ejército ingresó al área disparando a mansalva y pese a la resistencia de los mineros se apoderó de las minas. El saldo de muertos no fue esclarecido, algunos hablan de 10 otros de 100.
 
Una carta enviada el 9 de agosto, de ese año,  por “Las madres y esposas de Caracoles” al Monseñor Jorge Manrique revela los detalles de ese asalto.
 “El regimiento MAX TOLEDO de Viacha, una fracción del regimiento TARAPACÁ y el regimiento CAMACHO de Oruro atacaron Caracoles con cañones, morteros, tanques y avionetas de guerra. Nuestros maridos se defendieron con piedras, palos y algunas cargas de dinamita. Hasta el lunes en la tarde, la mayor parte de los mineros fueron exterminados y los sobrevivientes huyeron a los cerros y otros a  las casas  de “Villa el Carmen”. Las fuerzas del  Ejército los persiguieron ultimando a los hombres en sus casas, a otros apresaron y los torturaron y  a muchos los atravesaron con bayonetas. También a los heridos los degollaron.
A un minero, en plena plaza, le metieron dinamita en la boca y le hicieron volar en pedazos. 
Saquearon las viviendas y cargaron a los camiones como ser televisores, máquinas,  radio tocadiscos 3 en uno,  ternos, camas, dinero, mercancías de las tiendas, las agencias de  MANACO y ZAMORA, la pulpería, etc. A los  niños los azotaron con cables y les hicieron comer pólvora. A los jovencitos les hicieron echar sobre vidrio quebrado, obligándonos a nosotras pasar sobre ellos, luego los soldados marcharon encima de ellos. 
Los del Ejército parecían fieras salvajes porque estaban drogados y no vacilaron en violarnos y también a las jovencitas y hasta niñas. Sacrificaron ovejas, gallinas, cerdos  etc. Cargándolos en los camiones. El martes 5 de agosto, al amanecer han cargado a los muertos  y heridos en 3 caimanes rumbo a La Paz. 
Hasta el día viernes siguieron trayendo a los presos amarrados con alambres. 
A las mujeres nos prohibieron recoger a los muertos para darles cristiana sepultura, diciéndonos “no hay orden”, recién el viernes nos dieron orden para buscar a los muertos, pero solo encontramos, sacones, pantalones, chompas, jarros, calzados, etc.  Empapados en sangre, los muertos habían desaparecido. Algunos fueron echados en una fosa detrás del cementerio a los cuales no nos dejaron identificar. 
Hay más o menos 500 personas desaparecidas, no se sabe si están vivos o muertos (sic)”. 
Otro testimonio publicado en el boletín Socavón Nro. 44 de Cepromin de octubre de 1987 también es revelador de la saña con que actuó el Ejército del ex general Luis García Meza.
“Rápidamente se hizo de día. Era el 4 de agosto de 1980. Dos aviones invadieron el aire llenando el ambiente de terror y de miedo. Sólo fue por poco tiempo y rápidamente se alejaron de la zona, sin embargo, las ráfagas habían sido mucho más fuertes y frecuentes que el día anterior.
A las 9 a.m. nos encontrábamos envueltos en medio del combate. El Ejército bajó de Huañacota en número aproximado de 600 soldados.
Dejaron tras de sí y situados  en  lugares estratégicos unos cuantos morteros que pronto comenzaron a vomitar metralla sobre el cerro que ocupaban los mineros. Los soldados se abrieron en tres frentes, una columna siguió el curso del río, en la parte derecha. Otra bajó por el camino apoyándose en la montaña y la tercera trepó con mucha dificultad por la  ladera, poco a poco llegaron hasta el bloqueo y  arreciaron los disparos y el ruido de las metralletas sobre el cerro que ocupaban los mineros; éstos reventaban dinamitas en grandes cantidades y el ruido se hacía ensordecedor era auténticamente una guerra. 
El mediodía empeoró aún más la lucha y volvieron a aparecer otra vez los aviones, esta vez ya no lanzaban ráfagas y fogueos, sino auténticas bombas sobre los cerros que ocupaban los mineros, incluso, sobrevolaron las poblaciones de Quime y Chambillaya lanzando bombas y granadas.
El traqueteo acompasado, de las ametralladoras, junto al silbar de las balas era incesante, hasta la atmósfera se tornó enfurecida a esa hora con un viento huracanado, que levantaba inmensas nubes de tierra y polvo; los eucaliptos se doblaban y los arbustos de las montañas se estremecían. Aquello parecía el fin del mundo.
Fue en ese momento y en el Hospital de Pongo, cuando un hombre que había salido a mirar hacia el lugar donde se desarrollaban los hechos, fue alcanzado por una bala e ingresó con el brazo ensangrentado, pronto fue auxiliado de inmediato.
Los soldados seguían avanzando hacia los campamentos; era claro el ruido de las ametralladoras cada vez más cercano. Los mineros en número de unos 500 a 600 se defendían utilizando las pocas armas de que disponían, unos ocho máuseres y una ametralladora, los demás lanzaban dinamita y molotov de fabricación casera con hondas. Conocedores del lugar y de los puntos estratégicos, comenzaron a replegarse cuando terminaron las municiones.
Es curioso el relato de uno de los testigos, cuando afirma que basta la una (1).p.m. no se habían registrado ninguna baja en sus filas, únicamente tenían heridos.
Dada la dureza del enfrentamiento parecía imposible la certeza de este dato. Un poco más tarde, cayeron los compañeros Quintín Colque que lanzaba continuamente molotov con honda y que fue alcanzado por un disparo, cayendo herido en la ladera luego los militares le remataron con un tiro en la nuca.
También cayeron en la lucha los otros dos compañeros: Ignacio Miranda y Francisco Choque.
A las tres a cuatro de la tarde los soldados coronaron el cerro de cruce Minas, desde allí divisaron abajo la población de Villa el Carmen; ellos creyeron ver Caracoles lo que  tenían delante de sus ojos, increíblemente cerca.
Allá se lanzaron como bestias, locos, disparando sus armas de fuego. Fue una escena terrible y escalofriante para los pobladores, que gritaban y corrían asustados a ocultarse en sus casas; otros escapaban corriendo por el cerro del frente, entre los arbustos y las rocas.
De los domicilios de la población de Villa el Carmen, metiendo las puertas a patadas, saqueando todo cuanto encuentran a su paso. Maltrato a los inquilinos; violación de las mujeres; a los hombres que encuentran en sus casas, igualmente que a la mujeres y a los niños les apresan y llevan después a la plaza.
A las mujeres les ponen de cara a la pared y con las manos en la nuca. A los hombres les desnudaban adelante de la capilla y luego les maltratan a patadas, y con látigos y a culatazo, después amarrándolos con alambre les tomaron presos.
Otras escenas salvajes pudieron ser contempladas, como la del trabajador Carlos Gómez,  que después de ser brutalmente castigado y torturado hasta quedar inconsciente la explosionaron una dinamita en la boca,  ocasionándole  la muerte. Su cadáver fue arrojado a unos cuantos kilómetros a las afueras del pueblo. Una señora anciana de 65 años,   cuando intentaba ocultarse, la ocasionaron  la muerte.  Otras personas fueron también torturadas y heridas gravemente por negarse  a informar  sobre el paradero de los dirigentes.
En el asalto a los domicilios de Villa el Carmen, robaron todo cuanto de valor encontraron: radios, cocinas, garrafas, relojes, tocadiscos, televisores, comida.
Igualmente ocurrió en Molinos. La pulpería quedó a merced de ellos y la agencia de calzados MANACO a su disposición. Sacaron cuanto quisieron y todavía repartieron artículos robados a algunos traidores de Huañacota y a dos mineros de la mina Recompensa, pagando así sus servicios prestados.
Serían las 6 p.m. cuando Villa el Carmen, Pongo B-2 y Molinos habían quedado bajo estricto control militar, alrededor, todo era desolación y miedo, la mayor parte de la población y por supuesto los dirigentes, habían huido por los cerros vecinos.
Las rocas fueron sus escondites, donde permanecieron por varios días sin regresar a sus casas, otros se refugiaron en pequeñas poblaciones campesinas.
Aquella primera noche del 4 al 5 de Agosto, se había sembrado el pánico y el terror en toda la comarca de Caracoles; el silencio y el miedo se hacían  cada vez más cortantes, especialmente cuando oscilaban los reflectores  de  los muchos camiones caimanes sobre los campamentos. Al menor ruido sospechoso, contestaban los soldados con disparos. La duda era grande sobre los muertos caídos en el frente los mineros tenían el convencimiento de que eran muy pocos los compañeros muertos.  Sin embargo, había testigos de los muchos soldados que rodaron sin vida por la ladera y sobre el camino.
El número tal vez no se sepa nunca, pero todos coinciden en que podría llegar al centenar”.

 


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